Una habitación propia es una habitación para todas

Jue, 19/12/2019 - 09:33
Bordadores de la ruralidad de Ciudad Bolívar y Usme
Anny Morales recorre la ruralidad de Usme y Ciudad Bolívar, con sus talleres de lectura y bordado ha logrado que las mujeres del campo y sus hijos encuentren un espacio propio fuera de la rutina

Todos los viernes Anny Morales, promotora de la ruralidad de BibloRed, se levanta a las 5:00 de la mañana, empaca hilos, agujas, telas, libros y un computador. Desayuna, repasa lo que tiene planeado para los dos clubes del día, se sube a la moto y arranca. Dependiendo del tráfico elige la ruta para recorrer los más de veinte kilómetros para llegar a su destino, San Joaquín y Pasquilla cuando se decide por el occidente o Usme pueblo y la vía a Sumapaz por el oriente.

Después de casi seis meses de esperar buses por horas, caminar por el páramo y subirse a vehículos privados con una mochila viajera al hombro, Anny decidió comprar una moto. Así controla los horarios, las distancias y puede llegar a tiempo a sus clubes, porque en el campo, dice, los tiempos son diferentes. En una ciudad con el 75% de territorio rural repartido en nueve localidades, el transporte es uno de los principales retos de la ruralidad dispersa, es decir, hay grandes distancias entre casas. 

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Anny lleva ochos años trabajando como Promotora de Lectura, primero en varios Paraderos Paralibros Paraparques, luego Bibloestaciones y ahora en la ruralidad. Es estudiante de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia y pertenece a grupos de investigación sobre la vida rural y el campesinado. 

Los viernes realiza dos clubes de lectura y bordado, de 10:00 a.m. a 1:00 p.m en la vereda Las Margaritas y de 2:00 a.m. a 5:00 p.m. en la vereda El Destino. En Las Margaritas entre cinco y nueve mujeres caminan o llegan en moto hasta el Salón Comunal de la vereda. Hoy Anny va más cargada de lo normal porque lleva telas e hilos nuevos.  

A las dos de la tarde, cuando Anny llega a su segundo taller, Doña Rocío está pendiente del arroz con leche mientras organiza la casa para recibir a sus vecinas. Como desde hace más de un año, el viernes es el día en el que algunas mujeres, niñas y niños de la vereda se reúnen para comadrear, leer, hablar y bordar.

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Hoy asisten entre 20 y 25 personas, un gran grupo que no fue fácil de consolidar. Por la lejanía, son pocas las instituciones públicas y privadas que llegan y se mantienen en la vereda. Los políticos y las instituciones, dice Tatiana Cobo, una de las asistentes del club, vienen en época de elecciones o a tomarse fotos en proyectos que no duran más de un mes, pero su permanencia en el territorio es poca durante el año. 

En El Destino conocen a Anny como la de los libros, después de un año de visitas semanales se convirtió en una puerta de acceso nueva a la información, los libros y las posibilidades en un proyecto de largo aliento. Su presencia también abrió una oportunidad de encuentro comunitario y solidaridad.

A diferencia del club de la mañana que se realiza en el Salón Comunal de la vereda, el club de la tarde cambia de lugar semana a semana. Hoy la casa es de Doña Roció, la próxima sesión puede ser en la casa de Sonia o la de las Cobo, Tatiana y su mamá. La elección de cambiar la sede de los clubes es una decisión de justicia, como la vereda es tan grande permite rotar las personas que tienen que caminar para llegar. El Destino tiene parte alta, media y baja, entre una y otra pueden haber caminatas de más de una hora.

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Después de leer Once poetas argentinos, uno de los libros del programa Libro al Viento, Doña Rocío sirve el arroz con leche y todas sacan las agujas y los hilos. El bordado llegó a la sesiones de lectura como petición y estrategia, para Anny la forma en la que se enseña y percibe la lectura y escritura está viciada, el bordado es un tipo de lenguaje artístico que refuerza la memoria y apoya procesos de aprendizaje. Es el caso de una de las asistentes del club, ella sufrió un accidente cerebrovascular y perdió gran parte de su memoria, excepto el bordado. En cada sesión borda lo que lee y con el bordado recuerda lo hablado, es su vehículo de memoria.

Este año en el club leyeron, bordaron y cocinaron las recetas de Como agua para Chocolate de Laura Esquivel, aunque muchas no son lectoras regulares, leer en voz alta, compartir lo leído, cocinar y bordar escenas y personajes del libro fueron la motivación necesaria para terminar la novela. Esa es la labor de un promotor, presentar las libros de maneras diferentes para generar nuevas percepciones, gustos e inquietudes sobre la lectura. 

Sin proponérselo, el club ha modificado a las asistentes y sus familias. La vida de las mujeres del campo está marcada por el cuidado: cuidar al esposo, cuidar a los hijos, cuidar a las plantas, cuidar a los animales. Su rutina, desde las cuatro de la mañana hasta las siete de la noche, gira en torno a otros. El club es una trampa a la cotidianidad, un espacio para ellas en el que pueden hablar, leer, bordar y comadrear con tranquilidad. Tres horas en las que otros pueden hacer las labores que otros días ellas hacen solas.

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El éxito del club es ese, dice Anny, que el club no es solo un club, estas mujeres caminan para llegar hasta la casa de su vecina porque es una habitación propia para la mujeres de El Destino, tres horas que son suyas. Tres horas, diferentes casas y varias mujeres que desafían el machismo del campo, el papel de la mujer en la comunidad, el uso del tiempo libre, el acceso a la información, los estereotipos sobre lo que lee o no un campesino. Tres horas, diferentes casas y varias mujeres que leen y bordan porque quieren y tiene la oportunidad de hacerlo. Una oportunidad que debería ser habitual en el campo.