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El refugio de la palabra en Arborizadora Alta

David Niño: el refugio de la palabra en la Biblioteca Pública Arborizadora Alta

David regresó al barrio donde creció en busca de la memoria del barrio, en este proceso encontró en el taller de escritura un refugio para crear y ser escuchado.

A sus 30 años, David Niño divide sus jornadas entre el código de programación, la dirección de su empresa ADN Software, sus aportes al desarrollo tecnológico con Google. Aunque hoy vive en el barrio Madelena, al sur de la ciudad, sus primeros años los vivió en el barrio Arborizadora Alta, en Ciudad Bolívar, donde aún vive su abuela. Lo que no tenía planeado era que la búsqueda de un libro sobre el conflicto armado en el territorio lo llevara a encontrar nuevos espacios permeados por la literatura y la escritura.

El acercamiento con la Biblioteca Pública Arborizadora Alta nació de forma casual hace unos meses, “Estaba buscando un libro del Centro Nacional de Memoria Histórica porque me interesa mucho ese tema; aquí sucedió algo con el conflicto a principios de los 2000. Iba de regreso por donde mi abuela y un señor de barba y chaqueta morada sale y me dice en la calle: '¿Vas para el taller de escritura?”, recuerda David. Sin embargo, la incertidumbre estuvo presente al iniciar en los talleres “Al principio estaba un poco escéptico, pero después me encantó. A mis 30 años llegué a encontrar un lugar donde siento que puedo ser escuchado, puedo ser como soy y no tengo que fingir un rol laboral “.

Su tiempo en el taller liderado por Nicolás, mediador de la biblioteca, le ofreció un respiro frente a las exigencias de su trabajo con ingeniero “cuando llego a la casa y leo un poco, puedo descargar todo ese peso del trabajo y olvidarme un poco de ese rol de dirigir equipos” a la vez de cambiar la forma de entender la literatura y la escritura pues se dio cuenta que él no sabía escribir. “Uno piensa que sale del colegio y de la universidad y que sabe escribir, o nada, es mentira: uno no sabe. Un día me senté cuando Nico me puso el ejercicio; me senté a escribir, me quedé en blanco, no podía porque eso lleva una estructura y es muy difícil. Eso me abrió las puertas al entender los libros de otra manera; ya puedo ver cómo se desarrolla un personaje, ver los escenarios y saber que el autor lo puso ahí por algo”.

La historia de David refleja el valor de las bibliotecas en los espacios cotidianos en los barrios, no son templos silenciosos o estrictos, no son lugares lejanos, son casas de puertas abiertas donde las personas se encuentran para hablar, aprender, jugar y compartir sus vidas. “Yo invitaría a este espacio porque van a descubrir muchas cosas que no saben y presuponen; más allá de la escritura y la lectura, pueden encontrar un lugar donde hay personas que los van a escuchar, donde pueden hacer amigos y divertirse más que nada”, dice David con una sonrisa. Aún así, su recorrido para visitar la biblioteca, los trancones y jornadas laborales extensas para no perderse una sesión lo hace reflexionar acerca de los importantes que son esos espacios y la nostalgia de pensar lo lindo que pudo ser tener un lugar así cuando era un niño recorriendo las calles del barrio junto a su abuela y su madre. 
 

A pesar de haber dejado en pausa su recorrido por las bibliotecas públicas de la ciudad tras enamorarse del taller de escritura. Hoy en día David asume nuevos desafíos en la biblioteca como liderar el conversatorio junto a Deivis Cortés, cada semana se convierte en una nueva lección, un nuevo reto y un nuevo texto. “Si yo hubiera tenido estos espacios cuando estaba pequeño, me habría encantado conocerlos y saber que esto existía; siento que hoy en día, con 30 años, ese niño está disfrutando de estos espacios”.
 

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